Una de las contribuciones más significativas y
valiosas de la investigación en las dos últimas décadas ha sido poner de manifiesto la relación entre los Trastornos Específicos del Lenguaje (TEL) y la dislexia evolutiva (DE). Según Paula Tallal (2004), diversos estudios longitudinales han mostrado que más del 50 %
de los niños que son diagnosticados como TEL también cumplen requisitos para
ser diagnosticados como disléxicos. Añade Tallal que muchos disléxicos –no todos-
muestran déficit en diferentes aspectos del lenguaje oral. Hallazgos como estos
hicieron que empezara a cuestionarse la estricta división entre DE y TEL (Kamhi
y Catts, 1986) de modo que Catts (1991) escribía: «Muchos casos de dislexia se describen mejor como ejemplos de trastornos
evolutivos del lenguaje, […] que se manifiesta de diferentes formas durante el
desarrollo» (p. 164; véase también Catts, 1993). Así, muchos investigadores
han comenzado a utilizar un nuevo término –Trastornos
del Aprendizaje del Lenguaje (Language
Learning Impartments, LLI; Bishop y Snowlling, 2004)- que pretende abarcar
el continuo entre los niños con trastornos del lenguaje oral y/o escrito
(Tallal, Allard, Miller y Curtiss, 1997).
Existen tres propuestas sobre cuál podría ser la relación
entre TEL y DE: la hipótesis de la severidad; la hipótesis de componentes
aditivos y la hipótesis de componentes independientes (Catts, Adlof, Hogan, y Weismer, 2005; Ramus, Marshall, Rosen, Heahter y van
der Lely, 2013).

Según Tallal (2004), las diferencias entre TEL y DE podrían
ser cuantitativas; una cuestión de maduración, más que dos trastornos
cualitativamente diferentes. Los mismos déficit de percepción del habla que
causan los problemas observados en los TEL serían también la causa de los
problemas observados en los disléxicos (Kamhi y Catts, 1986; Tallal, 2003),
siendo en los primeros más severos que en los segundos. Aunque parece que
existe un número importante de sujetos que responden a este perfil, la
descripción no abarca, sin embargo, a las características y evolución de todos
los casos.
La segunda hipótesis mantiene que la DE y el TEL serían
trastornos cualitativamente diferentes. Mientras que la DE sería principalmente
un déficit fonológico, los niños que padecen TEL tendrían un déficit fonológico
más un déficit en otros componentes del lenguaje, como en el vocabulario y/o la
morfosintaxis (Bishop y Snowling, 2004). De esta forma, DE y TEL no serían un
mismo déficit con distintos niveles de severidad, sino trastornos
cualitativamente diferentes.
Existe
una tercera posibilidad (Catts et al., 2005; Ramus et al., 2013). La DE y el
TEL serían trastornos evolutivos diferentes con causas cognitivas y
manifestaciones conductuales diferentes. La dislexia sería debida al déficit
fonológico básico mientras que en el TEL existirían otros déficits básicos
asociados al componente semántico o sintáctico. Ahora bien, el solapamiento de
los trastornos no se explicaría, como defiende la hipótesis anterior, por
compartir un déficit fonológico, sino por la existencia de comorbilidad entre
ambos trastornos. Los datos avalan que existen niños con TEL que no tienen
dificultades en la lectura de palabras (ni un déficit fonológico) y niños que
tienen DE y que no han tenido un historial de dificultades durante la
adquisición del lenguaje.
De forma coherente con esta evidencia, Snowling y Hulme (2012) han defendido que deben distinguirse dos formas diferentes de trastornos de la lectura que no están adecuadamente recogidas en el nuevo DSM-5. La dislexia sería una dificultad principalmente de decodificación manifestando tanto problemas de exactitud como de velocidad y afectando del mismo modo al aprendizaje de la ortografía. La dislexia sería el resultado de una debilidad en el componente fonológico del lenguaje y hoy día sabemos que el entrenamiento en conciencia fonológica y la enseñanza directa del principio alfabético pueden disminuir sensiblemente las dificultades. La otra forma de trastorno de la lectura sería una dificultad en la comprensión. Los niños con este trastorno pueden leer en voz alta con exactitud y fluidez, pero tienen dificultades para construir el significado del texto. Este trastorno parece estar relacionado con debilidades en un rango de habilidades lingüísticas que abarcan el vocabulario y la morfosintaxis. Snowling y Hulme (2012) señalan que esta última categoría no aparece separada en el DSM-5 lo que puede perjudicar su diagnóstico y tratamiento.
Finalmente Snowling y Hulme (2102) advierten que ambos trastornos son de naturaleza continua -no categorial- y están estrechamente relacionadas con los trastornos del lenguaje oral. En el DSM-5 tampoco se reconoce esta continuidad entre los trastornos del lenguaje oral y trastorno del lenguaje escrito, ni las altas tasas de comorbilidad de los trastornos del lenguaje con otros trastornos evolutivos, factores que influyen de forma notable sobre la severidad y manifestaciones de estas dificultades.
(*) Contenidos desarrollados a partir de: Luque, Giménez, Bordoy y Sánchez. De la teoría fonológica a la identificación temprana de las dificultades específicas de aprendizaje de la lectura. Revista de Logopedia, Foniatría y Audiología (2016), http://dx.doi.org/10.1016/j.rlfa.2015.10.001. Enlace al artículo
(*) Contenidos desarrollados a partir de: Luque, Giménez, Bordoy y Sánchez. De la teoría fonológica a la identificación temprana de las dificultades específicas de aprendizaje de la lectura. Revista de Logopedia, Foniatría y Audiología (2016), http://dx.doi.org/10.1016/j.rlfa.2015.10.001. Enlace al artículo
